El Rinoceronte, animal unicornado que aterroriza el
territorio del drama, no propicia la abundancia como una simbología fácil
pudiera aludir. Por el contrario, los habitantes del bosque y la aldea de “El
Rinoceronte Buscapoemas (ERB)” dirigida por Alicia Preza con asistencia de Marcos
Acuña, se hallan proscriptos de las sustancias fundamentales para la vida.
Acuciados por la necesidad que los somete a un clima de angustia, interrumpido
solamente por la aparición lunar de la Viuda Blanca (Cisa), la obra se inicia
con la invocación que la Madre (Vizana: Isabel Gallo) realiza en el ritual que intenta
producir la lluvia y el retorno de la vida.
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| Akaya |
El hambre y la sed determinan el estado de los personajes
como un sortilegio que deberán romper para lograr la supervivencia en un trasunto
de vida o muerte. Este alimento que los salvará de la embestida atroz del Rinoceronte,
que viene esporádicamente a exigir su tributo de palabra poética, está vedado
por una culpa original: el olvido de la Madre, su incapacidad actual para crear
la poesía. En este sentido, ERB pone en juego las fuerzas de la creación y la
disputa por la palabra distribuyendo a los agonistas del drama en una zona de
combate en la que los personajes encarnan plásticamente los roles que los
distribuyen en el cuadrilátero roto de la familia.
Es así que el origen manchado de la hija, el desconocimiento
de su paternidad (Akaya: Valeria Capdevila) la inscriben en la estirpe cabal de
los héroes, destino que ella no cumplirá como designio trágico de autoinmolación
que redime a la comunidad, sino que este rol va a ser finalmente investido por
Vizana, quien deberá recordar entrando en el orificio, ante el ataque inminente
del monstruo, la palabra prohibida. De esta forma, la Madre se erige como la heroína
trágica del drama, rol que comparte con el Padre en la disputa por el don de la
poesía y que debe restablecer desde los reclamos de la hija por su incapacidad
para proteger o proveer el sustento.
El rol protagónico del Padre se ejecuta a través de la anagnórisis y el antagonismo. Jako, brujo poderoso que ostenta el poder de la palabra para someter, no gracias a sus propias potestades sino debido a los regalos que sus amigos “los poetas” le confieren, es quien finalmente, reconoce el error en que ha incurrido al erigirse en el déspota que llevaría a la Madre y a la Hija a la destrucción. Entonces se verá obligado a desencadenar, en la anagnórisis final, la memoria de la Madre: “Recuerda Vizana, todo empezó aquella tarde cuando escribías a la orilla del río y pronunciaste esa palabra, esa palabra prohibida”
En la reparación del orden cósmico perdido del drama, quienes
deben restaurar, en última instancia, el equilibrio de la comunidad frente al
acecho ominoso del animal son tanto Jako como Vizana, que en sus errores
(hybris trágico) habían producido la desgracia de la comunidad y su desamparo
frente a la embestida del animal. Mientras que Jako había caído en el pecado
del Padre, poder y sometimiento de la tierra, para Vizana se cumplía el de la
Madre, olvido de los poderes fecundos de la creación.
Desde una perspectiva de género, podemos señalar que este
papel del opresor es encarnado por Jako, en quien se concentran,
significativamente el rol de brujo – sacerdote – padre y amo, y que a través de
sus enviados malditos (Mapula: Cisa) no cesa de hostigar a las mujeres. Quien
ostenta la palabra poética sostiene el poder y esto lo sabe bien el Padre que
utiliza los poemas obtenidos de sus amigos para subyugar a Vizana y Acaya, las
cuáles deben suplicar el alimento sagrado cada vez que el animal se acerca en
búsqueda de su diezmo. La Hija lo aclara al principio cuando huele el olor a la
carne que se cierne en el aire: “si no le
damos el alimento sagrado de la poesía, nos mata”
La manzana prohibida, isotopía de la palabra, es fruto
simbólico por antonomasia del tabú bíblico y proporciona el sostén nutricio junto
con los dones de la tierra o la leche de la labradora, ante la carencia que
Madre e Hija sienten incrementarse paulatinamente a su alrededor. La manzana se
propone como abalorio femenino capaz de poner coto al abuso del padre sin
llegar a ser suficiente y es ofrecida al público como un aliento por la Viuda
Blanca (Cisa), personaje que materializa el numen femenino de la luna.
No obstante, ellas saben bien que solamente la recuperación
de la palabra prohibida devolverá la capacidad de crear a la Madre y con ello
la libertad que había sido olvidada una vez por Vizana a la orilla de un río.
El río del tiempo había provocado la pérdida de la memoria vital relegando la
función de la Madre a la de simple vehiculadora no siempre eficaz de las potencias
nutricias de la naturaleza, olvidando la verdadera fuente de la condición
femenina: el poder creador – la palabra prohibida - que constituye el trasfondo
en donde se juega la peripecia del drama.
Fotografía: Andrea Estevan
El lenguaje del drama
El espacio, la iluminación, el sonido, el vestuario y el
lenguaje de ERB se conjugan perfectamente en la construcción de los cinco
personajes y sus interacciones que constituyen el enunciado de la obra. La
instauración es desde el comienzo en los cánticos de la Madre, un paisaje
mítico, una ucronía que alza un escenario no mimético. El lugar, el bosque y la
aldea, el vestuario y la índole de los personajes retrotraen un tanto al mundo mítico y feérico de Marosa Di
Giorgio, famosa por sus jardines irisados y sus sotos atravesados por lo
obscuro. En este territorio hechizado, donde funambulean Viudas de Blanco y
asolan los demonios, el lenguaje de Alicia Preza toma cuerpo en su misma
naturaleza. Es una poética de las sustancias, donde la leche y la miel, el agua
y las piedras son nombradas en su verdad y exentas de manierismo para
conjugarse perfectamente en el espacio que las convoca. La palabra fácilmente podría
constituirse en alegoría de otros mundos, otras verdades que asoman desde lo
circundante, sin embargo no sucede en cuanto ERB se propone como un espacio
completo en sí mismo, autónomo, con sus propias reglas estéticas y de dicción.
Creemos que en esta obra Alicia encuentra su palabra proponiéndose como una de
las dramaturgas jóvenes prometedoras del momento. Es una pena que ERB no haya
contado con el tiempo suficiente para el asentamiento de la obra y la
condensación total de los personajes, pero sentimos que es una primera
propuesta para refrescarnos en la fuente interminable de la poesía.





